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Salvadoreños rinden culto a la muerte en fiesta de la calabiuza en Tonacatepeque

AFP

Entre sustos que provocan jóvenes disfrazados como esqueletos o como el mítico cipitío que enamora a las muchachas, los salvadoreños rindieron culto a la muerte en la fiesta de la calabiuza en Tonacatepeque, al norte del país.

Bajo la complicidad de la noche, cientos de jóvenes y niños se concentraron en una calle cercana al cementerio de Tonacatepeque, 25 kms al norte de San Salvador. Desde ese lugar, más de una decena de tenebrosas carretas adornadas con imágenes de murciélagos o blancas calaveras recorrieron calles de la ciudad.

Los jóvenes repetían el estribillo: “Ángeles somos, del cielo venimos pidiendo ayote (calabaza) para todo el camino, mino, mino”. “Es una gran celebración para nosotros, pues es donde uno revive los personajes mitológicos”, comentó a la AFP Pamela Guadalupe Calderón, de 18 años. Según la joven que se había disfrazado de esqueleto, muchos al igual que ella se prepararon con semanas de antelación para participar de la festividad.

Unos se vistieron como el panzón cipitío, un ser mitológico que usa un enorme sombrero puntiagudo y le encanta comer ceniza y enamorar a las jóvenes en los ríos, o como su madre la despeinada siguanaba, que con grandes y caídos pechos asusta a los hombres.

En la celebración tampoco faltaron ángeles o el justo juez de la noche sin cabeza, o la llorona que a gritos busca a sus hijos. Todos son el deleite de los asistentes al festejo. Muchos se pintaron la piel color ceniza, simulando la muerte en transición al más allá.

Durante la guerra civil (1980-1992) la fiesta de la calabiuza, que se realiza cada 1 de noviembre, se dejó de hacer en Tonacatepeque, pero la comunidad la retomó desde 1994 como una alternativa a la importada celebración de Halloween. La pandemia de covid-19 también obligó a parar la celebración por dos años. 

Para Javier Ochoa, de 24 años, quien desde hace 10 años participa en la fiesta de la calabiuza, dijo que le ha servido para “rendir tributo a nuestros muertos”. Ochoa era un regordete cipitío que lanzaba besos a las jóvenes que asistieron al festejo, donde se repartieron raciones de ayote en miel, una especie de calabaza cocida en grandes peroles.